Cuando la muerte te acecha
"No creemos ya en la inmortalidad del alma, y la muerte nos aterra a todos, a todos nos acongoja y amarga el corazón la perspectiva de la nada de ultratumba, del vacío eterno"
(Unamuno)
Cuando la muerte te acecha en forma de carcinoma, se bloquea la lógica, el afecto rompe lazos para no herir luego al tener que cortarlos con forzosas despedidas. Cuando la muerte te acecha se suda más que de costumbre, gotas gordas e insípidas, no sé si de sudor o de sangre, con sabor a metal, la cara adquiere un color cerúleo, los ojos una expresión entre asustados y heridos, todo el rostro parece expresar el miedo al vacío, al vacío de la mirada, a la mirada de la nada. Lentamente te vas alejando de la vida, te vas desprendiendo de las cosas, llegan momentos sin ilusión, como si quisieras quitar prólogos a un final cierto. ¡"Hay que joderse!" -dijo como últimas palabras mi suegro. "¡Qué putada! esto de la vida y de la muerte" –digo yo. Ni en la fe ni en la mente encuentras consuelo. Sólo un atisbo en el verso.
La vida consciente es una tragedia. Esta vida es un embarque hacia la nada con sobresaltos continuos ante las amenazas de la salud. A cualquier edad, desde que naces hasta que desapareces, te aterra la enfermedad. Esos niños con la cabeza sin un pelo, es decir, con tumores que les van acompañando en el recorrido por este desierto de dichas, oasis de dolores, esos mayores que van cumpliendo años siempre huyendo, incluso con el pensamiento, de los peligros que continuamente les acechan, que siempre estiman lo vivido como un suspiro que duró no más que una noche corta en una mala posada, y cuando ha cumplido con sus deberes de especie se ven amenazados sin posibilidad de huir de la muerte. Todo ello no hay quien lo case con un providencia que cuida hasta del último pelo de nuestra cabeza. No hay más refugio en esta vida cuando la amenaza se hace realidad que la desesperanza, la angustia, la congoja y la desesperación.
Siempre la especie gana. El individuo pierde. Pero a mí lo que me importa es mi Yo, el sujeto de recuerdos, de la niñez guardada en recovecos de la mente, la mirada de los que te dicen algo.
"No creemos ya en la inmortalidad del alma, y la muerte nos aterra a todos, a todos nos acongoja y amarga el corazón la perspectiva de la nada de ultratumba, del vacío eterno"
(Unamuno)
Cuando la muerte te acecha en forma de carcinoma, se bloquea la lógica, el afecto rompe lazos para no herir luego al tener que cortarlos con forzosas despedidas. Cuando la muerte te acecha se suda más que de costumbre, gotas gordas e insípidas, no sé si de sudor o de sangre, con sabor a metal, la cara adquiere un color cerúleo, los ojos una expresión entre asustados y heridos, todo el rostro parece expresar el miedo al vacío, al vacío de la mirada, a la mirada de la nada. Lentamente te vas alejando de la vida, te vas desprendiendo de las cosas, llegan momentos sin ilusión, como si quisieras quitar prólogos a un final cierto. ¡"Hay que joderse!" -dijo como últimas palabras mi suegro. "¡Qué putada! esto de la vida y de la muerte" –digo yo. Ni en la fe ni en la mente encuentras consuelo. Sólo un atisbo en el verso.
La vida consciente es una tragedia. Esta vida es un embarque hacia la nada con sobresaltos continuos ante las amenazas de la salud. A cualquier edad, desde que naces hasta que desapareces, te aterra la enfermedad. Esos niños con la cabeza sin un pelo, es decir, con tumores que les van acompañando en el recorrido por este desierto de dichas, oasis de dolores, esos mayores que van cumpliendo años siempre huyendo, incluso con el pensamiento, de los peligros que continuamente les acechan, que siempre estiman lo vivido como un suspiro que duró no más que una noche corta en una mala posada, y cuando ha cumplido con sus deberes de especie se ven amenazados sin posibilidad de huir de la muerte. Todo ello no hay quien lo case con un providencia que cuida hasta del último pelo de nuestra cabeza. No hay más refugio en esta vida cuando la amenaza se hace realidad que la desesperanza, la angustia, la congoja y la desesperación.
Siempre la especie gana. El individuo pierde. Pero a mí lo que me importa es mi Yo, el sujeto de recuerdos, de la niñez guardada en recovecos de la mente, la mirada de los que te dicen algo.

hay que ser muy fuerte para contener una lágrima de silencio, de aquiescencia, de acompañamiento en el sentimiento y pensamiento de todo lo que dice señor filosofo.Y los hombres no lo somos,usted lo sabe.
ResponderEliminarsin embargo, tambien sabe,que apuesto,hoy por hoy,por el refugio de la esperanza,la calma,el consuelo y la ilusión, porque la providencia-que cuida de mi último pelo-cuidará de que el tránsito,que relatan todas las culturas y filosofías,sea feliz.
Y si no es así...en vez de un joder y qué putada...muramos en una jartura de alcohol , drogas y rock all roll, que para eso está el (prozaz)
Primer día que abro esta ventana y, de una tacada, me he leído tanto pensamiento inteligente, tantas sensaciones dolorosas, tanta h(j)ondura que, como es de noche, amigo mío, prefiero quedarme con la Despedida (hermosísimo texto) y con el poema 2 al ciprés rebelde (delicioso). Es este poema una “salida”, ¡hay mucha vida en él!
ResponderEliminarIntuyo que te está proporcionando mucha paz hacer acopio de recuerdos. Supongo que es como re-coger tu vida. Segurísimo que entre ellos te irás encontrando espacios de belleza, de serenidad y hasta de alegría. Haz un poco de trampa y pasa más rato en ellos.
Te quiere mucha gente.
Un abrazo con música de Haydn.
UN BESO MUY GRANDE Y MUCHA FUERZA. MARLEN
ResponderEliminarSimplemente sin comentarios.No tengo palabras para tanta grandeza.Estoy orgollosa de ti y te quiero.Bego
ResponderEliminar