Salí con tu amistad por la mañana y de día
sintiéndote ya ida.
All llegar la noche encontré tu frente fría
con la mirada caída y toda el alma en pena.
Ya mis ojos no encontraban eco en tus ojos,
ni tu mirar de mar azul era ya tu mirar
Tu voz de ternura antes era como suspiros
por seguir en esta vida.
Tu vientre por las malas células carcomido
ahogaba tu vivir de abnegación tan lleno
y en tu frente de la muerte el sudor presumido
anunciaba el fin de tu vida.
Tus pasos que antaño eran ágiles y seguros,
se han vuelto vacilantes, torpes y lentos,
topando como si en el aire hubiera muros
que rechazaban de vivir todos tus intentos.
Tú que siempre has sido comprensión, luz y servicio.
Encontrarás en la hora postrera a tu amigo
hincado de rodillas con fervor de novicio,
rogándote, Sina eterna, estés siempre conmigo .
Tú que siempre has ido por la vida vida dando,
te encuentras ahora sola sin fuerzas ni aliento
Solo se está cuando la muerte viene andando
sin más bagaje que mi plegaria en tu aposento.
Cuando logres traspasar del tiempo la frontera
y sola te veas cara a cara con la eternidad
repleta de buenas obras llevas la cartera
para que sin visados logres la felicidad.
sábado, 28 de febrero de 2009
El Paraiso Perdido
Vamos a la montaña, solitario amigo, vamos a dejar escapar por los horizontes nuestra mirada que está atrapada, y volviéndose opaca, por el ajetreo de la Ciudad. Allí, en la cumbre, subidos en un altozano, con los pinos del valle a nuestros pies, podremos sentirnos libres. Sentirnos, Seat filósofo, que poco más que una sensación es esto de la libertad
El hombre a los dieciocho años, sino a los 12, está ya hecho, predeterminado, empujado por la cuna a ser lo que va a ser. Todo lo demás son cantos de sirena, espejismos de aspiraciones, veleidades. Cuando el tiempo es ido todo son si es, elucubraciones de lo que sería si... añorando por volver atrás y empezar de nuevo para hacer distinto de como se haya hecho. Cada etapa, máxime si es antes de los treinta, está llena de `posibilidades', de futuros. Pero hay que optar y si lo haces siguiendo los imperativos de los que están al uso, caes en la vulgaridad de repetir monótona mente, aburridamente, estúpidamente, los pasos por los que cuantos te han precedido han ido.
El hombre a los dieciocho años, sino a los 12, está ya hecho, predeterminado, empujado por la cuna a ser lo que va a ser. Todo lo demás son cantos de sirena, espejismos de aspiraciones, veleidades. Cuando el tiempo es ido todo son si es, elucubraciones de lo que sería si... añorando por volver atrás y empezar de nuevo para hacer distinto de como se haya hecho. Cada etapa, máxime si es antes de los treinta, está llena de `posibilidades', de futuros. Pero hay que optar y si lo haces siguiendo los imperativos de los que están al uso, caes en la vulgaridad de repetir monótona mente, aburridamente, estúpidamente, los pasos por los que cuantos te han precedido han ido.
El sexo es algo déspota. Te crees libre y lo cierto es que para lo único que eres libre es para hacer lo que todo el mundo es libre: emparejarse y perpetuar la especie. Esclavitud de la especie. No importa el individuo. Sólo la especie. Se encarcela al individuo que amenaza la especie. Se margina al individuo que quiere obrar distinto. Se fijan los límites que enmarcan tus capacidades de opción. Y esto lo llamamos libertad. No hay más libertad que la de ser esclavos. Esclavos de toda la fuerza genética que llevas impresa en el núcleo de tu nombre, esclavos de la opinión de los demás, esclavos de los imperativos categóricos que se van formando en el clan, en la familia y en la sociedad. Nadie es libre, Seat amigo, nadie. Tu eres esclavo de mí y yo lo soy de ti. La amistad nos unce en la intimidad y ya nos debemos el uno al otro. Y esto es lo bonito. ¿Para qué queremos tú y yo ser libres si lo único a que aspiramos es a estar felices, disfrutando desde este altozano de la belleza del valle, del horizonte y del sol? Así, apoyado mi codo sobre tus achacosas espaldas acariciando nuestro pasado vivido juntos y un poco asustados ante el horizonte, cada día más cercano, donde la vida se funde con la tierra. El ser humano, cada vereda que inicia le empuja al paso siguiente y el siguiente al siguiente. Sólo unos pocos, los más inteligentes, logran escapar de las fuerzas que le van empujando a entrar por la senda por la que camina la familia o la religión o la sociedad. Por ello tú y yo, Seat compañero, nos escapamos de la Metrópolis y buscamos la soledad, que es donde más en compañía nos sentimos. La rebelión es lo único que nos hace sentirnos libres para caer en la esclavitud de la misma rebeldía. No, no hay quien escape. Tan tenues y sutiles son las fuerzas que operan sobre mente y voluntad, que en la creencia de que son creadas por ti, las obedeces, y una vez que has operado te das cuenta que has sido burlado una vez más: no eran tuyas, eran heredadas e impuestas. Solamente eres libre si obras y puedes corregir lo obrado. Pero no es tal la situación humana: obras y eres víctima de tu obrar. Adquirida conciencia de tal esclavitud surge la necesidad de la evasión: vino y sexo, dinero, drogas, suicidio. Nadie está satisfecho de cuanto ha obrado. Todos corregirían alguna plana vivida. Nadie se libera de esta vivencia de sentirse engañado, burlado. Sólo la amistad, la intimidad contigo compartida, Seat mustio, me hace sentirme libre, libre de otros afanes o amores, ya que el tuyo me basta.
Y llega la bajada de la pendiente. Has pasado los cincuenta. Imposible cambiar de cumbre. El peso de tu ayer es tal que tu hoy está cantado y tu mañana te tira con fuerza de gravedad. La huida es lo único que nos mantiene en pie. Mecanismos de supervivencia. Cerrar los ojos para no pensar. "La luz del sol no sabe lo que hace y por eso no erra y es común y buena". "El único sentido íntimo de las cosas es que no tienen sentido íntimo alguno" (Pessoa). Si no hay íntimo, no hay yo, no hay libertad, no hay elección: hay muerte.
Y llega la bajada de la pendiente. Has pasado los cincuenta. Imposible cambiar de cumbre. El peso de tu ayer es tal que tu hoy está cantado y tu mañana te tira con fuerza de gravedad. La huida es lo único que nos mantiene en pie. Mecanismos de supervivencia. Cerrar los ojos para no pensar. "La luz del sol no sabe lo que hace y por eso no erra y es común y buena". "El único sentido íntimo de las cosas es que no tienen sentido íntimo alguno" (Pessoa). Si no hay íntimo, no hay yo, no hay libertad, no hay elección: hay muerte.
Hablar con las Cosas
Hace años, después de conducir varios años un coche SEAT 124, llevando a mis hijos por las Galias, península ibérica, Portugal..., al-final de cada jornada, por la noche, me sentaba al ordenador para poner letras a mis recuerdos.
Me resultaban entrañables mis recuentros con el viaje. Me encontraba tan a gusto con estos diálogos que no cesé de hablar con mi coche. DIÁLOGOS CON MI COCHE llegue a llamarlos.
Por aquellas fechas yo tenía compromiso con agencia de noticias. Publiqué cosas muy variadas en varios periódicos de España. Varios fueron los diálogos publicados . A juzgar de los periódicos que los publicaban aprecié que era del agrado de los lectores de Baleares, Galicia y Castilla.
En varios de mis escritos aquí reproduciré varios Diálogos. El lector observará que el contenido no es nada anodino.
viernes, 27 de febrero de 2009
El susto
26.8.91
Hoy me has dado un susto, Seat compañero. Fue al salir de casa. Bueno, o te lo he dado yo a ti, viejo amigo, porque ya no sé si los contratiempos que tenemos son debidos a que estás achacoso o a que yo lo estoy más.
La verdad es que no creo hayas tenido tú la culpa, ni yo. Tenemos que defendernos el uno al otro. Ha sido él, ese modelo último de otra casa, que alardeaba de su juventud. Venía disparado, ¿te acuerdas?, cuando de repente apareciste tú. !Vaya susto que se llevó el tío! ¿Recuerdas los gritos que daba? !Cómo chirriaban sus pies ligeros, pero poco consistentes, al querer frenar! Al final tuviste tú que pararle con tu frente robusta y segura. Pero la hiciste buena! Le dejaste lleno de chichones todo el costado y tuerto. !Qué poco resisten los jóvenes de hoy! Un roce de nada y ya están para el cementerio. Tú, sin embargo, no te has hecho ni un rasguño. ¿O será que a tu edad los rasguños se confunden con las arrugas y no se muestran al exterior? En la vejez, colega mío, son muchos los sufrires que no se manifiestan porque se esconden tras las arrugas; pero ahí están haciéndonos, día y noche, compañía. !Qué solos se quedan los viejos! Suerte tenemos compañero, que nos podemos contar nuestras penas y hablar de nuestros recuerdos. Los jóvenes no tienen de qué hablar porque les falta pasado y todo en ellos es futuro. Si acaso algunas fantasías o conquistas de madrugada. También tú las tuviste, ¿recuerdas? !Cuántos caminos conociste cuando buscabas soledad en compañía! Pero ¿de qué estábamos hablando? Ah, sí, del susto de esta mañana. Es que estás acostumbrado a andar por la carretera como si no hubiera más y, ya ves, cada día tenemos más competidores que comparten la calzada. Aún me acuerdo cuando cabalgabas como potro descuidado por la pradera porque toda la carretera era tuya. !Cómo han cambiado los tiempos, viejo amigo! Todo el mundo ahora quiere pasear y además de prisa. Pero eso no es pasear, Seat viejo, eso es huir, buscar emociones que dan luego estos sustos. Pero yo no creas que lo tengo claro. ¿Es que tú y yo vamos despacio o es que tenemos un paso vacilante? El caminar despacio no es vejez, es madurez y reposo. El paso vacilante es propio de viejos que trompican y pueden caer. Tú no tienes paso vacilante, amigo de paseo, tú tienes una forma de caminar como quien dialoga en una tertulia. A nuestra edad, coetáneo compañero, la tertulia es sabrosa y tranquila. Sólo recuerdo.
Hoy me has dado un susto, Seat compañero. Fue al salir de casa. Bueno, o te lo he dado yo a ti, viejo amigo, porque ya no sé si los contratiempos que tenemos son debidos a que estás achacoso o a que yo lo estoy más.
La verdad es que no creo hayas tenido tú la culpa, ni yo. Tenemos que defendernos el uno al otro. Ha sido él, ese modelo último de otra casa, que alardeaba de su juventud. Venía disparado, ¿te acuerdas?, cuando de repente apareciste tú. !Vaya susto que se llevó el tío! ¿Recuerdas los gritos que daba? !Cómo chirriaban sus pies ligeros, pero poco consistentes, al querer frenar! Al final tuviste tú que pararle con tu frente robusta y segura. Pero la hiciste buena! Le dejaste lleno de chichones todo el costado y tuerto. !Qué poco resisten los jóvenes de hoy! Un roce de nada y ya están para el cementerio. Tú, sin embargo, no te has hecho ni un rasguño. ¿O será que a tu edad los rasguños se confunden con las arrugas y no se muestran al exterior? En la vejez, colega mío, son muchos los sufrires que no se manifiestan porque se esconden tras las arrugas; pero ahí están haciéndonos, día y noche, compañía. !Qué solos se quedan los viejos! Suerte tenemos compañero, que nos podemos contar nuestras penas y hablar de nuestros recuerdos. Los jóvenes no tienen de qué hablar porque les falta pasado y todo en ellos es futuro. Si acaso algunas fantasías o conquistas de madrugada. También tú las tuviste, ¿recuerdas? !Cuántos caminos conociste cuando buscabas soledad en compañía! Pero ¿de qué estábamos hablando? Ah, sí, del susto de esta mañana. Es que estás acostumbrado a andar por la carretera como si no hubiera más y, ya ves, cada día tenemos más competidores que comparten la calzada. Aún me acuerdo cuando cabalgabas como potro descuidado por la pradera porque toda la carretera era tuya. !Cómo han cambiado los tiempos, viejo amigo! Todo el mundo ahora quiere pasear y además de prisa. Pero eso no es pasear, Seat viejo, eso es huir, buscar emociones que dan luego estos sustos. Pero yo no creas que lo tengo claro. ¿Es que tú y yo vamos despacio o es que tenemos un paso vacilante? El caminar despacio no es vejez, es madurez y reposo. El paso vacilante es propio de viejos que trompican y pueden caer. Tú no tienes paso vacilante, amigo de paseo, tú tienes una forma de caminar como quien dialoga en una tertulia. A nuestra edad, coetáneo compañero, la tertulia es sabrosa y tranquila. Sólo recuerdo.
La Vida
Existe un aula en la vida
en la que no hay pupitres,
ni libros, ni tinta,
ni horarios de entrada y salida.
Un taburete
donde el abuelo se sienta,
no por estar cansado,
sino por adquirir la estatura niña.
Sólo hay palabras,
silencios,
miradas,
en las que,
a modo de encerado,
el niño encuentra sus raíces
y el abuelo su mañana asegurado.
El niño con su mirar
suscita la palabra
que hace nacer el cuento,
escucha el relato,
que hace el abuelo,
hace surgir la charla,
que ahuyenta soledades
y quita miedos.
El abuelo, que evoca su pasado,
en el niño que le sigue mirando,
descubre en tal mirada,
su misma mirada niña,
llena de
fantasía,
ilusión
y compañía.
Cuando la soledad se avecina,
levanta la voz el anciano, y grita:
-¡Carlooos!
-Aquí estoy abuelo, ¿qué quieres? –le contesta el niño.
-Dar un paseo.
-¡Vamos, coge la cachava!…
Cuando existe un niño
que ofrece ternura en una mano
y la cachava en la otra,
no hay artrosis que se resista,
ni lumbago,
ni caderas cansadas.
Ayudado por la fuerza imponente
que da la debilidad niña,
coge el abuelo la cachava y
fija esperanzado su vista en la llanura ,
donde en otros tiempos sembró entusiasmo y juventud y vida,
y ahora cosecha silencios
tallados en recuerdos
de trigales y cosechas, rastrojos y vides de recias cepas.
Sus pasos allí quedaron marcados en
huellas de amor y tristeza.
Con cada paso el niño hilvana
realidad y fantasía.
“Un paso más, abuelo” –le dice,
y el abuelo con ánimo lo da
aunque con dificultad,
como quien quiere tantear
el paso a la eternidad.
Con cada palabra el niño
agita recuerdos en el abuelo,
como agita la piedra las aguas en el lago,
aunando en las orillas del ahora
el antes y el después.
El niño se siente útil y contento
porque sabe que el abuelo le necesita
para levantarse de la silla
y salir a pasear,
mirar en la llanura los trigales y las estrellas
que están arriba, en el cielo, y animan a caminar..
El abuelo recobra el aliento,
inicia una sonrisa,
al sentir segura su mano
en la mano niña,
y da un paso más,
que alarga el camino al caminar
Detiene de pronto el paso,
como quien retiene la respiración,
y oye el chasquido del tiempo
en su roce con la eternidad.
Hoy y para siempre, mano a mano.
Lo eterno y lo que pasa, mano a mano.
La vida.
en la que no hay pupitres,
ni libros, ni tinta,
ni horarios de entrada y salida.
Un taburete
donde el abuelo se sienta,
no por estar cansado,
sino por adquirir la estatura niña.
Sólo hay palabras,
silencios,
miradas,
en las que,
a modo de encerado,
el niño encuentra sus raíces
y el abuelo su mañana asegurado.
El niño con su mirar
suscita la palabra
que hace nacer el cuento,
escucha el relato,
que hace el abuelo,
hace surgir la charla,
que ahuyenta soledades
y quita miedos.
El abuelo, que evoca su pasado,
en el niño que le sigue mirando,
descubre en tal mirada,
su misma mirada niña,
llena de
fantasía,
ilusión
y compañía.
Cuando la soledad se avecina,
levanta la voz el anciano, y grita:
-¡Carlooos!
-Aquí estoy abuelo, ¿qué quieres? –le contesta el niño.
-Dar un paseo.
-¡Vamos, coge la cachava!…
Cuando existe un niño
que ofrece ternura en una mano
y la cachava en la otra,
no hay artrosis que se resista,
ni lumbago,
ni caderas cansadas.
Ayudado por la fuerza imponente
que da la debilidad niña,
coge el abuelo la cachava y
fija esperanzado su vista en la llanura ,
donde en otros tiempos sembró entusiasmo y juventud y vida,
y ahora cosecha silencios
tallados en recuerdos
de trigales y cosechas, rastrojos y vides de recias cepas.
Sus pasos allí quedaron marcados en
huellas de amor y tristeza.
Con cada paso el niño hilvana
realidad y fantasía.
“Un paso más, abuelo” –le dice,
y el abuelo con ánimo lo da
aunque con dificultad,
como quien quiere tantear
el paso a la eternidad.
Con cada palabra el niño
agita recuerdos en el abuelo,
como agita la piedra las aguas en el lago,
aunando en las orillas del ahora
el antes y el después.
El niño se siente útil y contento
porque sabe que el abuelo le necesita
para levantarse de la silla
y salir a pasear,
mirar en la llanura los trigales y las estrellas
que están arriba, en el cielo, y animan a caminar..
El abuelo recobra el aliento,
inicia una sonrisa,
al sentir segura su mano
en la mano niña,
y da un paso más,
que alarga el camino al caminar
Detiene de pronto el paso,
como quien retiene la respiración,
y oye el chasquido del tiempo
en su roce con la eternidad.
Hoy y para siempre, mano a mano.
Lo eterno y lo que pasa, mano a mano.
La vida.
El Cares
Vamos a pasar unos días de vacaciones al norte, Seat obediente. En verano debemos buscar el aire fresco y la cima de las montañas. Te voy a enseñar los valles más bonitos que la orografía ha formado. Hace años que no voy por allí, y con frecuencia refresco mi hastío de ciudad marchándome con la imaginación a la Garganta del Cares. Es un lugar sagrado: grandes simas de misterio y alturas inaccesibles que rozan las nubes. Su dificultad de llegada reserva la belleza a unos cuantos escogidos con gusto y estética. El camino es abrupto y siento, Seat curioso, que no puedas acompañarme en todo el camino. Te lo contaré con detalle y obtendrás la percepción de haberlo visitado. Has de mantenerte seguro y ser muy obediente porque el precipicio nos acecha. He oído que han alargado el camino para que puedas llegar hasta el mismo pueblo de Caín. Si fuera así, me acompañarás, inseparable amigo, hasta donde te sea posible.
¡Pero este valle nos lo han cambiado, Seat sorprendido! Está hundido de tanta pisada sacrílega de montañeros profanos, visitantes de feria y fenicios de taberna. Este no es mi Cares, Seat asustado, esto parece una romería de gente aburrida incapaz de gustar la mística de las montañas, de gente que no soporta el silencio y llena de voces soeces las paredes naturales de este lugar de dioses y estetas. Oh Seat culto, maldigo a tus hermanos, que acercan a estos santuarios a profanos y blasfemos, que trituran a patadas lo agreste del lugar y llenan de ladrillos y carteles las fachadas de las casas. Esto no es el Cares, no lo es, esto es una procesión de desalmados e ignorantes que no distinguen la luz de la montaña de la luz de la ribera, el silencio del templo donde cumplen con Pascua del silencio sublime de la sierra. No volveré a esta montaña en verano, Seat curioso. No volveré hasta que la lluvia y la nieve laven de tanto desaguisado y tantas visitas las hoces divinas por donde discurre paciente el agua de estas montañas.
2001/7 de agosto.
¡Pero este valle nos lo han cambiado, Seat sorprendido! Está hundido de tanta pisada sacrílega de montañeros profanos, visitantes de feria y fenicios de taberna. Este no es mi Cares, Seat asustado, esto parece una romería de gente aburrida incapaz de gustar la mística de las montañas, de gente que no soporta el silencio y llena de voces soeces las paredes naturales de este lugar de dioses y estetas. Oh Seat culto, maldigo a tus hermanos, que acercan a estos santuarios a profanos y blasfemos, que trituran a patadas lo agreste del lugar y llenan de ladrillos y carteles las fachadas de las casas. Esto no es el Cares, no lo es, esto es una procesión de desalmados e ignorantes que no distinguen la luz de la montaña de la luz de la ribera, el silencio del templo donde cumplen con Pascua del silencio sublime de la sierra. No volveré a esta montaña en verano, Seat curioso. No volveré hasta que la lluvia y la nieve laven de tanto desaguisado y tantas visitas las hoces divinas por donde discurre paciente el agua de estas montañas.
2001/7 de agosto.
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