Es que estoy escéptico, Seat confidencial. Ya estoy harto de pasar consulta con los galenos que no aciertan a encontrar una solución para mi ojo izquierdo. ¿O será que porque estoy tan escéptico no termino de curarme el ojo? ¿Es que los médicos logran curar o es el cerebro crédulo el que logra poner en movimiento la glándula averiada para que estimule defensas? No me aclaro, amigo Seat, con esto de la salud y la enfermedad. Me intrigan esas curaciones repentinas, al menos rápidas, de personas crédulas. Pero yo soy muy incrédulo, agnóstico y escéptico, y tal vez por ello no termino de ver bien con mi ojo ya meses operado. Así que, en tu compañía que me comprendes, hoy te pido que me lleves al brujo, al naturista, a ese hombre con aires de sabio, brujo y curandero que hace maravillas a juzgar de cuantos han encontrado en él un poco de alivio de sus dolencias. Es que yo soy distinto, íntimo amigo. Ayer advertí que tu ojo derecho no lucía. Te cambié la bombilla y está como nuevo; pero yo soy distinto, sabes. A mí me cambiaron la bombilla de mi ojo izquierdo, pero me parece que no es admitida por el organismo. No sé si será que mis defensas la rechazan porque la ven ajena, o es debido a que un hongo se encuentra a gusto haciéndome la puñeta. Lo cierto es que estoy disgustado. Es que para mí el ver es como para tí el rodar. Yo trabajo con los ojos; tengo que mirar la mirada de las personas inquietas y la mirada la tengo que captar mirando a los ojos, a su manera de hablar, a sus modales y gestos. Si veo desdibujada la mirada, hierro en el diagnóstico. Así que he decidido ir al curandero, a esa persona que tiene algo de sacerdote, de mago, de médico.
Es el curandero, Seat curioso, un hombre de mediana edad. También me miró a los ojos y se encontraron nuestras miradas. Yo intentaba captar información para hacer mi diagnóstico y él me miraba para hacer el suyo. Algo raro noté en el encuentro de nuestras miradas, mutuamente escrutadoras. Cuantos trabajamos con la mirada, tenemos una fuerza especial en ella. Es como una lucha alimentada con preguntas y respuestas, atenta a los actos fallidos, a los titubeos, a las evasiones, a los silencios. El se callaba después de una pregunta y yo aguantaba el silencio, sin pretenderlo, en espera de una respuesta, porque yo he venido a consultar y a buscar respuestas. Se creó un momento un tanto embarazoso: el curandero en busca de preguntas y yo en busca de respuestas. Y, como un médico perezoso de la Seguridad Social, me despachó con unas hierbas como receta. Y es que así no puede ser. Hay que ir al médico, al curandero, como se va a Lourdes: con fe, con la seguridad de que allí está tu curación. Si no tienes fe no entrarás en el reino de los curados. Sólo si crees, tus dolencias serán curadas. ¿Y cómo se puede tener fe, Seat compañero? Tú no la necesitas. ¿O acaso sí? A ti, te duelen los pies y te cambio las cubiertas y ya está. Te rugen las tripas y te cambio el tubo de escape y ya estás más silencioso que sueño de niños. Estás inapetente y no quieres empezar a comer, te cambio la batería y ya estás tan hambriento como alpinista en la cumbre. Tengo que reconocer que en esto me aventajas. Tu cuerpo es más perfecto que mi cuerpo, tus ojos son más simples que mis ojos y tus pies son más ligeros que mis pies. Pero te falta la mirada. ¿O acaso tú también tienes mirada? Si no, no te preocupes. Tú estás lleno de mis miradas.
martes, 7 de abril de 2009
LA SAETA
¡Qué bien nos lo pasamos
-¿te acuerdas, Seat piadoso?-
aquellos días del mes de abril,
caminando entre
olivares,
peinetas y hachones!
Andalucía.
Pasamos la noche en vela
siguiendo a Jesús Nazareno
todos juntos,
en tropel.
Nos perdimos entre el gentío
en busca de no sé qué.
De pronto todo el mundo
Para. Contiene la respiración.
Un quejido de saeta rompe
en requiebros
la voz.
Ayes y lamentos,
¡Silencio!
!Emoción¡
Aplausos y redobles de tambor.
Procesión.
-¿te acuerdas, Seat piadoso?-
aquellos días del mes de abril,
caminando entre
olivares,
peinetas y hachones!
Andalucía.
Pasamos la noche en vela
siguiendo a Jesús Nazareno
todos juntos,
en tropel.
Nos perdimos entre el gentío
en busca de no sé qué.
De pronto todo el mundo
Para. Contiene la respiración.
Un quejido de saeta rompe
en requiebros
la voz.
Ayes y lamentos,
¡Silencio!
!Emoción¡
Aplausos y redobles de tambor.
Procesión.
viernes, 3 de abril de 2009
El desguace
No quiero que mueras del todo, Seat. He donado tus órganos. Este era tu deseo cuando el jefe del taller nos informó de que tu final había llegado. Adiós, Seat fiel, amigo, compañero de tantas soledades y andanzas. Tú nunca morirás del todo puesto que permaneces en mi recuerdo.
Han querido empezar extrayendo los ojos, la matrícula y el distintivo de raza. Yo me opuse. "Eso lo último"-dije. ¡Hay que ver lo que nos cambia el perder los ojos! Es como poner un muro entre el alma y el cuerpo, entre la vida y la muerte. Decidieron, ante mi empecinamiento, comenzar por los órganos internos. El carburador, la bomba del agua, la de los frenos... "Pero si todo está bien, entonces ¿por qué su muerte?"‑me decía. Todos sus órganos parecían en buen estado pero faltaba la coordinación. Un órgano se cambia cuando envejece, pero la coordinación de todos no se puede cambiar. Es algo genético, donde está escrito el destino final. ¡Es la ley de la vida! ‑pensaba. Existir para dejar de ser. Otros nos seguirán. Pero sus servicios prestados son como libros escritos que ahí quedan para hablarnos de él. Estos son irrepetibles, nadie los puede sustituir. Seguirán habiendo sonrisas y lágrimas, pero no serán sus sonrisas ni sus lágrimas, serán otras, distintas. Nunca la especie logrará borrar el recuerdo del individuo por mucho que se prolongue en el calendario. Es la muerte como un divorcio de la vida donde los nuevos recuerdos, las nuevas vivencias, no conseguirán desvanecer las vivencias, ni los recuerdos habidos en el amor.
Han querido empezar extrayendo los ojos, la matrícula y el distintivo de raza. Yo me opuse. "Eso lo último"-dije. ¡Hay que ver lo que nos cambia el perder los ojos! Es como poner un muro entre el alma y el cuerpo, entre la vida y la muerte. Decidieron, ante mi empecinamiento, comenzar por los órganos internos. El carburador, la bomba del agua, la de los frenos... "Pero si todo está bien, entonces ¿por qué su muerte?"‑me decía. Todos sus órganos parecían en buen estado pero faltaba la coordinación. Un órgano se cambia cuando envejece, pero la coordinación de todos no se puede cambiar. Es algo genético, donde está escrito el destino final. ¡Es la ley de la vida! ‑pensaba. Existir para dejar de ser. Otros nos seguirán. Pero sus servicios prestados son como libros escritos que ahí quedan para hablarnos de él. Estos son irrepetibles, nadie los puede sustituir. Seguirán habiendo sonrisas y lágrimas, pero no serán sus sonrisas ni sus lágrimas, serán otras, distintas. Nunca la especie logrará borrar el recuerdo del individuo por mucho que se prolongue en el calendario. Es la muerte como un divorcio de la vida donde los nuevos recuerdos, las nuevas vivencias, no conseguirán desvanecer las vivencias, ni los recuerdos habidos en el amor.
Este es, mi cosuelo,
nuestro consuelo, ante el paso último: perpetuarse en alguien de alguna manera. Y allí seguí hablando conmigo mismo ‑ya que tú ibas dejando de ser como padre a la puerta del quirófano pero sin esperanza de tu renacer. Hasta la última pieza vi sacar de tus entrañas. Un chasis, una pierna aquí y la otra allá, los faros encima del capot de otro, reclinados sobre sí mismos, apagados, quietos. Mis ojos se cerraron sin yo notarlo, húmedos, tristes. Era el final. Descansa en paz con mis recuerdos y queden tus servicios grabados en el viento de Castilla, de Levante, De las Galias y de Portugal, que tantas veces te refrescaron, que en mi memoria ya lo están.
nuestro consuelo, ante el paso último: perpetuarse en alguien de alguna manera. Y allí seguí hablando conmigo mismo ‑ya que tú ibas dejando de ser como padre a la puerta del quirófano pero sin esperanza de tu renacer. Hasta la última pieza vi sacar de tus entrañas. Un chasis, una pierna aquí y la otra allá, los faros encima del capot de otro, reclinados sobre sí mismos, apagados, quietos. Mis ojos se cerraron sin yo notarlo, húmedos, tristes. Era el final. Descansa en paz con mis recuerdos y queden tus servicios grabados en el viento de Castilla, de Levante, De las Galias y de Portugal, que tantas veces te refrescaron, que en mi memoria ya lo están.
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