Vamos a pasar unos días de vacaciones al norte, Seat obediente. En verano debemos buscar el aire fresco y la cima de las montañas. Te voy a enseñar los valles más bonitos que la orografía ha formado. Hace años que no voy por allí, y con frecuencia refresco mi hastío de ciudad marchándome con la imaginación a la Garganta del Cares. Es un lugar sagrado: grandes simas de misterio y alturas inaccesibles que rozan las nubes. Su dificultad de llegada reserva la belleza a unos cuantos escogidos con gusto y estética. El camino es abrupto y siento, Seat curioso, que no puedas acompañarme en todo el camino. Te lo contaré con detalle y obtendrás la percepción de haberlo visitado. Has de mantenerte seguro y ser muy obediente porque el precipicio nos acecha. He oído que han alargado el camino para que puedas llegar hasta el mismo pueblo de Caín. Si fuera así, me acompañarás, inseparable amigo, hasta donde te sea posible.
¡Pero este valle nos lo han cambiado, Seat sorprendido! Está hundido de tanta pisada sacrílega de montañeros profanos, visitantes de feria y fenicios de taberna. Este no es mi Cares, Seat asustado, esto parece una romería de gente aburrida incapaz de gustar la mística de las montañas, de gente que no soporta el silencio y llena de voces soeces las paredes naturales de este lugar de dioses y estetas. Oh Seat culto, maldigo a tus hermanos, que acercan a estos santuarios a profanos y blasfemos, que trituran a patadas lo agreste del lugar y llenan de ladrillos y carteles las fachadas de las casas. Esto no es el Cares, no lo es, esto es una procesión de desalmados e ignorantes que no distinguen la luz de la montaña de la luz de la ribera, el silencio del templo donde cumplen con Pascua del silencio sublime de la sierra. No volveré a esta montaña en verano, Seat curioso. No volveré hasta que la lluvia y la nieve laven de tanto desaguisado y tantas visitas las hoces divinas por donde discurre paciente el agua de estas montañas.
2001/7 de agosto.
¡Pero este valle nos lo han cambiado, Seat sorprendido! Está hundido de tanta pisada sacrílega de montañeros profanos, visitantes de feria y fenicios de taberna. Este no es mi Cares, Seat asustado, esto parece una romería de gente aburrida incapaz de gustar la mística de las montañas, de gente que no soporta el silencio y llena de voces soeces las paredes naturales de este lugar de dioses y estetas. Oh Seat culto, maldigo a tus hermanos, que acercan a estos santuarios a profanos y blasfemos, que trituran a patadas lo agreste del lugar y llenan de ladrillos y carteles las fachadas de las casas. Esto no es el Cares, no lo es, esto es una procesión de desalmados e ignorantes que no distinguen la luz de la montaña de la luz de la ribera, el silencio del templo donde cumplen con Pascua del silencio sublime de la sierra. No volveré a esta montaña en verano, Seat curioso. No volveré hasta que la lluvia y la nieve laven de tanto desaguisado y tantas visitas las hoces divinas por donde discurre paciente el agua de estas montañas.
2001/7 de agosto.

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